Para Gaston Bachelard nada puede hacer el espacio amputado del apartamento frente a la virtud ensoñadora de la casa. El apartamento, ese 'agujero convencional', no puede competir con las imágenes que —desde el sótano hasta el desván— la casa evoca. Si la horizontalidad del piso constriñe y limita, la casa antepone una verticalidad que nos arraiga en lo telúrico y nos proyecta hacia la 'cosmicidad' [1]. Al hilo de estos pensamientos Peter Sloterdijk se cuestiona '¿Puede el alma «expandirse» («no sé nada de ello») mientras haya de contentarse con apartamentos de alquiler?' [2]
La noción de la ciudad tradicional como corsé que retiene el ansia expansiva de yoes abocados a interferir entre sí no es nueva; podemos fácilmete trazarla hasta el discurso antiurbano que comienza a gestarse en el siglo XIX. Tomemos como muestra el conocido como 'diagrama de los 3 imanes', aquél con el que Ebenezer Howard ilustra su innovadora propuesta consistente en aunar lo mejor del campo y de la ciudad en un modelo híbrido, la afamada ciudad-jardín. En dicho esquema entre los aspectos negativos de la ciudad destacan todos aquellos que asociamos a la aglomeración y masificación de personas: el extrañamiento de las masas, los ejércitos de desempleados, el aire viciado, los cielos turbios, la infravivienda... Mientras que lo mejor del campo nos remite a imágenes positivas y gratificantes, a emblemas de soledad: ausencia de sociedad, belleza de la naturaleza, bosques, praderas, aire fresco, pueblos deshabitados... De la unión de ambos mundos surgiría un modelo social fundado en la libertad individual y la cooperación colectiva. Ciudades de amplios espacios abiertos y de viviendas luminosas acompañadas de cuidados jardines privados. Sobre el papel, una calculada combinación de lo público y lo privado, de lo comunitario y lo individual.
La noción de la ciudad tradicional como corsé que retiene el ansia expansiva de yoes abocados a interferir entre sí no es nueva; podemos fácilmete trazarla hasta el discurso antiurbano que comienza a gestarse en el siglo XIX. Tomemos como muestra el conocido como 'diagrama de los 3 imanes', aquél con el que Ebenezer Howard ilustra su innovadora propuesta consistente en aunar lo mejor del campo y de la ciudad en un modelo híbrido, la afamada ciudad-jardín. En dicho esquema entre los aspectos negativos de la ciudad destacan todos aquellos que asociamos a la aglomeración y masificación de personas: el extrañamiento de las masas, los ejércitos de desempleados, el aire viciado, los cielos turbios, la infravivienda... Mientras que lo mejor del campo nos remite a imágenes positivas y gratificantes, a emblemas de soledad: ausencia de sociedad, belleza de la naturaleza, bosques, praderas, aire fresco, pueblos deshabitados... De la unión de ambos mundos surgiría un modelo social fundado en la libertad individual y la cooperación colectiva. Ciudades de amplios espacios abiertos y de viviendas luminosas acompañadas de cuidados jardines privados. Sobre el papel, una calculada combinación de lo público y lo privado, de lo comunitario y lo individual.
