miércoles, 13 de marzo de 2013

Intervenir en el lugar querido [2]



Hasta hoy poco o nada se ha reflexionado sobre la auténtica espacialidad de La Posada, como mejor se conoce a la casa por estos lares. No se ha pensado en el significado de levantar o tirar este o aquel tabique, en el tenso conflicto de privacidades que ello apareja. A lo sumo, el contemporáneo ocupante, encerrado en la burbuja de la estancia propia, no alcanza a entender una secuencia de espacios cultivada en la aceptación de la familia como ámbito indivisible de la privacidad. Sólo así se explica que las alcobas se abrieran antaño unas a otras sin esclusas ni excusas, como si todos los habitantes emparentados aceptaran de buen grado flotar en un mismo líquido amniótico.
Es la relación fuerte de aquellos moradores la que da forma a unos muros que podrían resumirse a su función gravitatoria. Aquella forma histórica no entiende de apropiamientos singulares entre sus paredes, por eso los horada, los perfora, abre puertas que no sirven mucho a la circulación, pero sí a los corredores visuales de ejercicio del panóptico familiar. En la casa labriega la familia era también empresa, si hay labor para todos no hay lugar para la holganza solipsista. Y si no hay labor el tedio se reparte a partes iguales. El vínculo de parentesco, más allá del lazo afectivo —acaso ése sería su sostén psíquico emocional—, era esencial para el bienestar y la protección del grupo. Las barreras inmunitarias coincidían a tira línea con el perímetro mismo de la casa, resultaba llanamente impensable que las frías, oscuras e interconexas habitaciones pudiesen ejercer de células de co-aislamiento bajo el manto comunitario del hogar.

Braekeleer, F., Conversación tras el almuerzo (1840)
Dominaba aquí aún un modelo de familia inclusiva, ajeno por completo a rarezas contemporáneas como la vivienda unipersonal del soltero. El alcance y dimensión del cambio de modelo en las relaciones de parentesco y, en consecuencia, el modo en el que habitamos el hogar, es algo sobre lo que nunca incidirimos lo suficiente a la hora de plantear la enésima adecuación del espacio vividero de la casa. No en vano, en 1993, una de las primeras decisiones, aunque entonces fruto de la intuición y carente de reflexión espacial alguna, fue la de obstaculizar todas aquellas vías que no podían ser encuadradas de modo alguno dentro del dictado moderno de privacidad. Al hacerlo estábamos recreando, sin cuestionamientos y con total naturalidad, esquemas bien aprendidos en la práctica diaria de nuestras vidas. Importábamos fórmulas de fraccionamiento e insulación del espacio que sirven bien al ethos del moderno habitante introvertido, crecido y cultivado en el modelo del bloque de apartamento urbano, que es además causa y síntoma del mismo espíritu epocal.

El apartamento, como forma egosférica elemental, es un lugar donde el individuo puede centrarse sobre sí mismo, su cuidado y sus propiedades, con la seguridad de sentirse envuelto en un caparazón aislante del medio urbano. Su conformación espacial surge de la confrontación entre la aspiración generalizada a la posesión de un dominio propio y las lógicas limitaciones propias de la ciudad. Los pensadores del periodo épico del Movimiento Moderno se afanaron por encontrar soluciones arquitectónicas que pudieran garantizar en un espacio limitado todas las funciones básicas del cuidado personal, alimentación, comunicación, descanso e higiene. Estableciendo todo un complejo marco de relaciones espaciales funcionales basadas en ciclos circadianos que hoy, salvo algún autor como Georges Perec1, nadie pone en cuestión. Todo ello convierte efectivamente a la vivienda en un ente metabólico con un alto grado de autonomía. Parafraseando el eslogan de una conocida multinacional, la Modernidad ha puesto los medios necesarios para el gobierno efectivo de «la república independiente de tu casa».

Frente a ello contraponemos «la figura simbólica de la casa labradora» —por así llamarla, sirviéndonos de la expresión spengleriana2—, cuyas coordenadas son por completo diferentes. Sloterdijk, glosando a Flüsser, nos recuerda que entre las primeras funciones del hogar está la contención del estar, esto es, la espera entre los acontecimientos cosmológicamente relevantes para la vida de quien vive de la tierra. Al abrigo de sus muros se aguarda la llegada de la temporada de setas, del parto de la guarra, de la matanza, de las castañas en otoño, de las alineaciones circanuales que marcan la recogida y la siembra... y entre tanto, todos comparten la misma lumbre mientras recitan una y otra vez con ritmo mántrico las andanzas de su existencia.

Nunca retornará un habitar más sincero que éste con la casa, él le dio sus anchos muros de tapial, su cuadra, su corral, su hogar, sus alcobas compartidas, sus zonas nobles, su horno, sus tinajas incrustadas o su almacén de grano. A nosotros sólo nos corresponde observar entre la extrañeza y la curiosidad antropológica los rastros de una ancestral forma de vida. Podemos hacer incursiones esporádicas en el hogar atado a la cosecha, hecho cobijo frente a las inclemencias, o probar como turistas ocasionales su aptitud para la retención de la vida, a la espera, pero jamás retomaremos la pureza causal de ese vínculo abandonado. Quien ha crecido inmerso en la Modernidad, época de promisión, vive en otras coordenadas: la cosecha se ha transfigurado en proyectos o empresas envueltos en procesos ya no sólo cíclicos o lineales; el ciclo agrario se acorta en fugaces plazos de ejecución y respuesta; tanto es así, que anónimas salas de espera restan programa a la vivienda. Y por ello, el «estar-retenido», que es un sustrato atemporal, reconocible aún entre los fundamentos del habitar contemporáneo, sólo puede percibirse como un remanente fósil de la primera sedentarización, difícil de incardinar en el moderno desplazamiento de actividad hacia la vivienda.

En buena medida el éxito de nuestra propuesta podrá medirse en los hallazgos que surjan del cruce entre la machine à habiter y la casa labradora, o si se prefiere, entre la congregación ante al fuego y el alineamiento frente a la televisión. Y subrayamos «cruce», pues hemos de huir de todo tipo de suplantación. Tan erróneo sería importar aquí acríticamente los códigos de una vivienda adosada suburbial, como pretender hacer girar hacia atrás las manecillas del reloj, y deslizarse por la pendiente de lo que Carmen Guerra ha dado en llamar, no sin acierto, una temática rural teatralizada y travestida de tipismo

1Frente a la actual distribución de espacios en base a las actividades cotidianas Perec propone una ordenación del hogar fundada en una función de relaciones. Semejante a la sucesión de piezas en hilera característica de los palacios aristocráticos dieciochescos, o los grandes apartamentos burgueses. Más arriesgadas son sus propuestas de apartamentos repartidos en habitaciones dedicadas a funciones sensoriales (gustatorio, auditorio, palpatorio...); con piezas ideadas según ritmos heptadianos (lunetorio, martetorio, miercoletorio...); o descartando la funcionalidad, ambientadas temáticamente, como se hacía en algunos viejos burdeles, con nombres tan peculiares como 'la habitación de las torturas', 'el avión' o 'la cabaña del trampero'. En PEREC, G. Especies de espacios, España, Montesinos, 2007: 54-59.
2SPENGLER, O., La decadencia de Occidente, Vol II, Madrid, Espasa Calpe, 1923.

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