Toda obra comienza por el lenguaje, no hay aproximación sincera a un lugar sin un impregnarse de los vocablos que le acompañan. Y no sólo se trata de incorporar expresiones traídas por el tiempo como una fina pátina superficial, hay que aprender a bucear en sus términos con probada familiaridad y soltura, es preciso hacer estas palabras imprescindibles para nuestra lengua, de forma que sólo con retirar una de ellas el discurso flaquee. Cuando traemos a nosotros el lugar hecho verbo participamos de un cruce de intimidades entre nuestra experiencia y la del medio que nos acoge. Sin el miedo del profano, uno a uno hemos de correr los telones que envuelven su interioridad.
Retirar el primer telón es sencillo, en él están inscritas toda la suma de convenciones e imposturas que el tiempo arrastra, aquí están la «Provincia de Huelva» o la «Sierra de Aracena y Picos de Aroche» o la «declaración de Bien de Interés Cultural», todas ellas sonoras cuasi-frases ideadas por la psique del burócrata para representar el espacio. A una capa fina opaca le sigue otra más gruesa, ahí está el callejero, por ejemplo, que nos habla de un pasado remoto de discutible abolengo, es público que el hidalgo Don Álvaro de Castilla nació en Galaroza en el año de 1662¹, poco queda de su recuerdo, más allá de las obsesiones de posteriores moradores. Más cercana está la memoria del sentido homenaje de un pueblo admirado por la autoridad médica de uno de sus hijos, el Dr. Gumersindo Márquez. Más atrás, la callejuela de las Cinco Revueltas se ensortija entre los inextricables vericuetos parcelarios.
Ya cercada la piel curtida al sol serrano, podemos descorrer el primer velo sedoso, atravesar el umbral por su postigo, sintiendo el soplo fresco del zaguán, cruzar su primera crujía, o bajar a la bodega, alzar la mano y entremeter los dedos por las cavidades de las retorcidas alfarjas montadas sobre carcomidos rollizos, o salir al corral y ver los muros desnudos de tapial, con sus mechinales aún marcados, subir unas escaleras imposibles y, agachando la cabeza, pisar el frágil forjado de rasillones que da acceso al doblado, justo allí está un viejo horno de ladrillo, con su negra bóveda, que oscureció los muros. Podríamos por un momento asomarnos a su convexo interior e intentar captar un perdido resquicio de la humeante última hornada. O afinar el oído y sentir por un momento el jolgorio, el llanto, la fiesta o el rezo de generaciones que no conocimos ni, probablemente, conoceremos. El último velo del lenguaje del lugar que jamás podremos descorrer.

Qué extraño destino el de la casa familiar que cambia de manos. Cuántos abuelos, padres, e hijos cruzaron sus vidas entre sus gruesas paredes sin que nosotros, urbanitas sedientos de una brizna de aire sincero, lleguemos siquiera a imaginar la hondura de sus avatares, sus traumas o sus gozos. Todo ello retenido en el tiempo, se escapó por las rendijas en el momento mismo en que pusimos pie sobre su agrietado suelo de barro, mil veces lavado. Aún queda en mí el púber recuerdo de la primera visita, del penetrante olor de la humedad de los muros enmohecidos, de sus suelos hundidos como por efecto de un vórtice de gravedad, la impresión de sus camas vencidas por el peso de la mortaja, la inquietud de las primeras noches bajo su techo, el miedo a no saber entender sus sonidos, de no comprender la palabra de la casa. Pero más vivo fue el denuedo por apropiarnos de su historia, del modelado de sus estancias a nuestra medida, del ingente esfuerzo por mantenerla en pie, de vencer el miedo adolescente con el olor de un bote de pintura recién abierto, del alivio de volver a la ciudad el domingo por la tarde y reencontrarse con los aplomados tabiques de la habitación.
Habitar una casa es conocerla hasta en sus más íntimos detalles. Y ciertamente hubo algunos días de 1995 en que al menos tuvimos esa ilusión. No creo que llegáramos a borrar la dolorosa cesura en el tiempo que cerró sus muros durante años, el vacío que pesa como la pérdida de un eslabón, como un interregno sobrevenido por la caída en desgracia de toda una generación, fue así como el trono de sus lechos quedó vacante en el inmisericorde paso de los años. Hasta que, tras un cúmulo de peripecias, sus asientos de níquel encontraron nuevo dueño con la corta fortuna amasada por unos fugaces indianos. Sí, es cierto que trajimos nuevo lustre, tras la primera acometida de emergencia, siguieron pasos cortos y comedidos, la humedad cedió paso a la cal, la lumbre calienta de nuevo, el polvo sucumbe al color y lo insalubre se hace respirable. Fueron en total quizá no más que un par de meses en los que el gobierno del hogar fue sereno y aposentado.
Fue muy efímero. La evidencia del fracaso toma la forma de un desfile de galopantes excursionistas que arrastraban aún en sus suelas el asfalto de la ciudad. Cargando consigo el espeso chaquetón de ciudad que, como diría Spengler, les tiene el alma por siempre cautiva. Hubo, no obstante, algún desaventajado imitador de John Soane que probablemente creyó haber sido el más aplicado de sus moradores, a fuerza de medir cual galeno el pulso de la vieja casa con pie de rey e impregnar cada rincón con su esencia de imposibles cachibaches y artefactos.
1Se cree que en un inmueble cercano que perteneció a su familia materna aunque él, que llegara a ser destacado consejero del primer Borbón, no llegó a incorporar nunca la casa a su extenso y disperso mayorazgo, que quizá pasara a ramas menos ilustres del linaje. Visto en REY DURÁN, C. Actas XIII Jornadas del Patrimonio de la Comarca de la Sierra (Huelva), Huelva, Diputación de Huelva, 1999:483-494.
Retirar el primer telón es sencillo, en él están inscritas toda la suma de convenciones e imposturas que el tiempo arrastra, aquí están la «Provincia de Huelva» o la «Sierra de Aracena y Picos de Aroche» o la «declaración de Bien de Interés Cultural», todas ellas sonoras cuasi-frases ideadas por la psique del burócrata para representar el espacio. A una capa fina opaca le sigue otra más gruesa, ahí está el callejero, por ejemplo, que nos habla de un pasado remoto de discutible abolengo, es público que el hidalgo Don Álvaro de Castilla nació en Galaroza en el año de 1662¹, poco queda de su recuerdo, más allá de las obsesiones de posteriores moradores. Más cercana está la memoria del sentido homenaje de un pueblo admirado por la autoridad médica de uno de sus hijos, el Dr. Gumersindo Márquez. Más atrás, la callejuela de las Cinco Revueltas se ensortija entre los inextricables vericuetos parcelarios.
Ya cercada la piel curtida al sol serrano, podemos descorrer el primer velo sedoso, atravesar el umbral por su postigo, sintiendo el soplo fresco del zaguán, cruzar su primera crujía, o bajar a la bodega, alzar la mano y entremeter los dedos por las cavidades de las retorcidas alfarjas montadas sobre carcomidos rollizos, o salir al corral y ver los muros desnudos de tapial, con sus mechinales aún marcados, subir unas escaleras imposibles y, agachando la cabeza, pisar el frágil forjado de rasillones que da acceso al doblado, justo allí está un viejo horno de ladrillo, con su negra bóveda, que oscureció los muros. Podríamos por un momento asomarnos a su convexo interior e intentar captar un perdido resquicio de la humeante última hornada. O afinar el oído y sentir por un momento el jolgorio, el llanto, la fiesta o el rezo de generaciones que no conocimos ni, probablemente, conoceremos. El último velo del lenguaje del lugar que jamás podremos descorrer.

Qué extraño destino el de la casa familiar que cambia de manos. Cuántos abuelos, padres, e hijos cruzaron sus vidas entre sus gruesas paredes sin que nosotros, urbanitas sedientos de una brizna de aire sincero, lleguemos siquiera a imaginar la hondura de sus avatares, sus traumas o sus gozos. Todo ello retenido en el tiempo, se escapó por las rendijas en el momento mismo en que pusimos pie sobre su agrietado suelo de barro, mil veces lavado. Aún queda en mí el púber recuerdo de la primera visita, del penetrante olor de la humedad de los muros enmohecidos, de sus suelos hundidos como por efecto de un vórtice de gravedad, la impresión de sus camas vencidas por el peso de la mortaja, la inquietud de las primeras noches bajo su techo, el miedo a no saber entender sus sonidos, de no comprender la palabra de la casa. Pero más vivo fue el denuedo por apropiarnos de su historia, del modelado de sus estancias a nuestra medida, del ingente esfuerzo por mantenerla en pie, de vencer el miedo adolescente con el olor de un bote de pintura recién abierto, del alivio de volver a la ciudad el domingo por la tarde y reencontrarse con los aplomados tabiques de la habitación.Habitar una casa es conocerla hasta en sus más íntimos detalles. Y ciertamente hubo algunos días de 1995 en que al menos tuvimos esa ilusión. No creo que llegáramos a borrar la dolorosa cesura en el tiempo que cerró sus muros durante años, el vacío que pesa como la pérdida de un eslabón, como un interregno sobrevenido por la caída en desgracia de toda una generación, fue así como el trono de sus lechos quedó vacante en el inmisericorde paso de los años. Hasta que, tras un cúmulo de peripecias, sus asientos de níquel encontraron nuevo dueño con la corta fortuna amasada por unos fugaces indianos. Sí, es cierto que trajimos nuevo lustre, tras la primera acometida de emergencia, siguieron pasos cortos y comedidos, la humedad cedió paso a la cal, la lumbre calienta de nuevo, el polvo sucumbe al color y lo insalubre se hace respirable. Fueron en total quizá no más que un par de meses en los que el gobierno del hogar fue sereno y aposentado.
Fue muy efímero. La evidencia del fracaso toma la forma de un desfile de galopantes excursionistas que arrastraban aún en sus suelas el asfalto de la ciudad. Cargando consigo el espeso chaquetón de ciudad que, como diría Spengler, les tiene el alma por siempre cautiva. Hubo, no obstante, algún desaventajado imitador de John Soane que probablemente creyó haber sido el más aplicado de sus moradores, a fuerza de medir cual galeno el pulso de la vieja casa con pie de rey e impregnar cada rincón con su esencia de imposibles cachibaches y artefactos.
1Se cree que en un inmueble cercano que perteneció a su familia materna aunque él, que llegara a ser destacado consejero del primer Borbón, no llegó a incorporar nunca la casa a su extenso y disperso mayorazgo, que quizá pasara a ramas menos ilustres del linaje. Visto en REY DURÁN, C. Actas XIII Jornadas del Patrimonio de la Comarca de la Sierra (Huelva), Huelva, Diputación de Huelva, 1999:483-494.
3 comentarios:
Con casi siete años de retraso, mis más sinceras felicitaciones por tu texto, Carlos: tan nítido como íntimo. Tan cargado de historia como de nuevas sensibilidades. Escribes fabulosamente, rabiosamente bien! Bravo!
Gracias Luque, de no ser por ti no habría rescatado este texto del olvido.
Bonito y sincero, ?o es lo mismo?
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