Lo cierto es que de la superposición de lo moderno con lo vernáculo no puede extraerse ni una abdicación de una subjetividad forjada con los tiempos, ni el borrado efectivo de la identidad de un lugar repleto de historias. El punto áureo, si se me permite la expresión, deberá encontrarse en la incardinación, sin trauma ni violencia, del nuevo relato biográfico en el marco de acción histórico-topológico. En esta delicada tarea se nos presenta como referente ineludible la rehabilitación de la casa familiar de Coderch en la localidad ampurdanesa de Espollà —la cual ha sido objeto de un amplio estudio en el marco de la tesis doctoral de la Profesora Carmen Guerra de Hoyos1.
De su observación pronto comprendemos que muchas de las intenciones proyectuales desplegadas allí nos acercan poderosamente al espíritu buscado. Vemos en la Casa Pairal un interés compartido por incorporar unos modos de vida que beben de fuentes ajenas al lugar, es decir, por conectar el ethos contemporáneo a la idiosincrasia local. Nos inspira su huella casi levitante por el espacio original de la casa, que apenas altera el aspecto exterior de la casa. Creemos que acierta con el tono de una modificación tranquila y comedida, sin alardes ni aspavientos, donde lo nuevo ni se impone ni domina al pasado. Nos estimula la lectura tipológica de los espacios, invirtiendo su uso si es necesario, sin alterar el esquema en lo fundamental, redimiendo de la marginalidad antiguas zonas de servicio para hacer de ellas una nueva y autónoma planta vividera. Nos seduce la lectura desnuda de los encalados muros, mostrados en toda su contundencia y masiva rotundidad. Consigue cautivarnos e inculcar en nosotros la ilusión de que en realidad toda la intervención crece desde ellos. No menos nos admira su pasión por el control hasta el más mínimo detalle. Al igual que nos inspira la elección del blanco encalado que unifica el presente con el pasado.
No obstante, la Casa Pairal denota como modelo cruciales divergencias que no podemos desdeñar. Algunas de ellas, muy evidentes, como es la notable diferencia en la dimensión interior y de su contorno espacial, ello la torna mucho más maleable a los intereses del autor. Tampoco podemos sintonizar nítidamente con el discurso tipológico; si bien nuestra planta baja tuvo originalmente un uso presumiblemente de servicio, no puede negarse el hecho de que la única chimenea abierta se encuentre en la bodega, lo cual desfigura aquí la claridad esquemática de la división planteada entre planta de servicio y planta de vivienda. Y por último una diferencia sutil, pero no menor, aquí se desvanece el vínculo histórico con un pasado familiar que nunca nos perteneció, el proyecto de continuidad generacional sólo se sostiene en un plano simbólico, toda vez que la cesura es manifiesta. Al contrario que Coderch, el palimpsesto que nos es legado resulta ininteligible ante nuestros ojos. En cambio percibimos el sonoro vacío la huella del hijo ausente —entiéndase como metáfora, la casa fue heredada por varios hermanos sin que ninguno quisiera o pudiera conservarla—, que es tanto incitación a entroncar la casa en un nuevo linaje, como marca palpable en los gastados muros y techos desatendidos durante décadas. Aunque bien mirado, quizá fuere este avatar una fortuna, si atendemos a los horrores perpetrados por aquellos años, en las cuales inopinadamente se injertaban las técnicas y materiales propios de esquemas productivos de la sociedad de consumo.
Las directrices del trabajo de Coderch —extraídas de la lectura de Guerra de Hoyos— no por pretéritas, o por haber devenido hoy moneda de cambio, han perdido su vigencia. Su obra es una expresión un tanto prematura de un tipo de intervención que se desprende de la moderna ilusión del ex-novo y la tabula rasa, para propugnar un nuevo entendimiento de la construcción en lo construido. Este ánimo de actuación tardaría aún años en fraguar como alternativa ampliamente teorizada y digulvada. Sin embargo, hoy la literatura es extensa, contando ya incluso con volúmenes completos entregados a la constitución de un completo marco metodológico para la rehabilitación. De la lectura de estos manuales, no obstante, puede desprenderse la impresión de que el cambio de paradigma es en realidad un cambio dogmático, notemos que fueron precisamente las rigideces del programa moderno las que se ponían en cuestión.
Algo más sugestivas, por maleables, se nos antojan posturas como las de Gregotti2, quien confronta a la premisa de la hoja en blanco una «noción de pertenencia» ideológica, metodológica y simbólicamente abierta. La cual se articula desde un «interés por la historia —que había permanecido velada desde las primeras vanguardias—, por la identidad del lugar, la materialidad como fundamento del proyecto [y] de las relaciones existentes por las que el proceso de proyectación es […] proyecto de modificación». El autor, que escribe en 1984, encuentra tres razones por las que es precisa la defensa de esta actitud. En primer lugar está la constatación palpable de que en vías de colmatación la arquitectura es, cada vez más, «acción de transformación parcial». A esto le sigue la necesidad, poética incluso, de hacer frente a los modelos estandarizados y replicados hasta la extenuación, se vuelve preciso cultivar la variedad como fundamento, promover lo que dio en llamar un «principio de asentamiento» amable en su contacto con el suelo, el ambiente y la naturaleza. Finalmente, y mostramos aquí nuestro reparo, propone una reglamentación que se ajuste a las especificidades con el entorno que lime las aristas estilísticas y apacigüe el proceso creativo.
Algo más sugestivas, por maleables, se nos antojan posturas como las de Gregotti2, quien confronta a la premisa de la hoja en blanco una «noción de pertenencia» ideológica, metodológica y simbólicamente abierta. La cual se articula desde un «interés por la historia —que había permanecido velada desde las primeras vanguardias—, por la identidad del lugar, la materialidad como fundamento del proyecto [y] de las relaciones existentes por las que el proceso de proyectación es […] proyecto de modificación». El autor, que escribe en 1984, encuentra tres razones por las que es precisa la defensa de esta actitud. En primer lugar está la constatación palpable de que en vías de colmatación la arquitectura es, cada vez más, «acción de transformación parcial». A esto le sigue la necesidad, poética incluso, de hacer frente a los modelos estandarizados y replicados hasta la extenuación, se vuelve preciso cultivar la variedad como fundamento, promover lo que dio en llamar un «principio de asentamiento» amable en su contacto con el suelo, el ambiente y la naturaleza. Finalmente, y mostramos aquí nuestro reparo, propone una reglamentación que se ajuste a las especificidades con el entorno que lime las aristas estilísticas y apacigüe el proceso creativo.
1GUERRA
DE HOYOS, C., La
contemporaneidad de la arquitectura rural. Adaptación, resistencia o
dilatación,
archivo digital tesis doctoral, Capítulo 2: 1-50.
2GREGOTTI,
V. Modificación,
en rev. Casabella 498-99, En-Feb. 1984: 2-7.



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