El arquitecto pertenece a esa extraña raza de turistas que al llegar a una ciudad en lugar de dirigirse a la catedral o la plaza mayor toma el metro para sacar fotos de bloques de viviendas en el extrarradio.
Esto es más justificado si cabe en el caso de Madrid, una ciudad que en los últimos años -incluso en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria- no ha se detenido en un vertiginoso proceso de expansión periférica.
Para un observador exterior el Madrid de los PAU's supone una realidad insondable, inabarcable en su escala e incomprensible en su ambición. Todo ello alicientes que convierten su visita en algo más que estimulante. En esta ocasión por imperativo temporal hubo ocasión de conocer sólo algunos de los PAU's recientes que, por otra parte, se encuentran entre los más consolidados hasta la fecha. Por sus nombres más comunes: Sanchinarro y los ensanches de Vallecas y Carabanchel.
Estos crecimientos no se entienden del todo si no se conocen los fragmentos de ciudad a la que expanden. Son en realidad manifestaciones de todos los complejos acumulados durante décadas de deterioro de los antiguos barrios periféricos, a menudo focos de marginalidad, construidos con medios humildes y con una pobre planificación urbanística. Todo ello parece querer sublimarse en amplias avenidas, extensas zonas verdes, tramas reticulares, viviendas sociales de diseño, equipamientos razonables, edificios singulares, etc. La búsqueda del refinamiento del modelo llega a un remarcable cuidado por el detalle, como denotan las calles arboladas con alcorques intercalados con el aparcamiento en cordón, las cuidadas conformaciones de esquina o la atención a los diseños de pavimentos.
El resultado es una elaboradísima, la más profunda que he conocido, ingeniería urbanística que aspira a la creación de bolsas de ciudad semi-autónomas ligadas por agregación para construir una ciudad mayor. Es este un modelo que surge como respuesta a las deficiencias de un modelo basado en supuestos del movimiento moderno pobremente entendidos y cicateramente aplicados. En una regresión mal disimulada la respuesta consiste en recuperar y aggiornar modelos de crecimiento anteriores. No sólo se retoma la terminología burguesa decimonónica del ensanche, sino sus rasgos formales más identificativos: la trama reticular, el bulevar y la manzana cerrada.
Pero el resultado no es, ni puede serlo, el Eixample, ni el Madrid de Castro, ni mucho menos el Paris de Haussmann. Es algo a medio camino, definido pero indeciso, inquietante sin resultar turbador.
Quizá sean los complejos hederados los que han llevado a que estas ciudades estén surcadas por amplias avenidas que a menudo se nos antojan sobredimensionadas para lo que no deja de ser un barrio residencial. O es que quizá entraban ya en los cálculos las previsibles sucesivas nuevas expansiones urbanísticas anejas. Como resultado si bien la densidad de edificación es mayor que en los nefastos suburbios de unifamiliares, se queda aún a varios pasos de ser suficiente para volver agradables y sencillos los desplazamientos peatonales, tampoco los espacios para bicicletas están bien delimitados, pese a tener amplitud suficiente para ello -el déficit de Madrid en cultura ciclista es notable-.
La dimensión de la manzana parece estimada en base a la capacidad de promoción de viviendas de las grandes constructuras. Así, en la mayoría de estas manzanas hay espacio para uno o dos complejos de viviendas, como máximo. Asimismo, salvo por algunas calles algo más señaladas estos bloques no disponen de bajos comerciales, inviables económicamente. Todo ello reduce al mínimo la posibilidad de interactuar con la edificación. Es más fácil que el peatón termine siguiendo una pared de ladrillo cara vista que se encuentre con un vecino con el pan recién comprado.
Esto irremediablemente nos lleva a una reflexión sobre el tipo de arquitectura residencial que impera en estas novísimas ciudades. Huelga decir que impera lo que podríamos llamar un "estándar de inmobiliaria", edificios en su mayoría constructivamente correctos pero ante todo discretos, mercantilmente refractarios a la menor estridencia. Por supuesto optimizados en su rendimiento económico. Entre ellos se intercalan aquí y acullá un buen número de operaciones singulares, no pocas de ellas sugestivas como objetos arquitectónicos, varias incluso respaldadas por firmas de la máxima solvencia, en lo que parece ser un esfuerzo de la ciudad por recuperar posiciones en el terreno de la arquitectura de diseño. Lamentablemente, las dimensiones mastodónticas de unos y otros hacen que el interés arquitectónico se diluya en la impresión de encontrarnos ante construcciones totémicas, cerradas a cal y canto sobre sí mismas, inaccesibles para el forastero. Un fiel reflejo del moderno paradigma de la casa-concha, en palabras de Bachelard.
Cada grupo de viviendas encierra su propia centralidad, será ese el motivo por el que el viandante pulula entre bloques no jerarquizados, sin referentes espaciales en los que apoyarse, no se identifica una centralidad colectiva. Quizá sea ese el gran enigma de los PAU's, se mueven en la indefinición, pudiendo ser ciudades semi-autónomas carecen de esos referentes comunes que construyen en los habitantes la sensación de formar parte de un colectivo, de un vecindario. Un situacionista condenaría los PAU's de inmediato como terreno mal abonado para las psicografías, cómo guiarse por las pulsiones, el deseo, las sensaciones allí donde la planificación no ha dejado un ápice de espacio a la improvisación. Dónde quedan el callejón, la plaza interior, el adarve, los pasajes, las escaleras, las cuestas, las plazas porticadas, el soportal, el vestíbulo...
La densidad demográfica no está acompañada de la suficiente densidad espacial para interiorizar el espacio común como propio, que es lo que en definitiva crea sentimiento de pertenencia. Sí, se han logrado viviendas más cómodas y modernas, mejor aireadas, ventiladas psíquicamente, más seguridad y vigilancia, pero al precio de tener que abandonar una concepción abierta, inclusiva y compartida del modelo de convivencia.
Y no es porque la arquitectura moderna sea incapaz de ofrecer alternativas, las tiene en abundancia. Algunas de ellas más próximas de lo que cabía esperar. La gran sorpresa de Sanchinarro no estuvo en los grandes edificios de firmas de prestigio -estos quizá dejaron un poso de decepción- sino en la ya antigua barriada de trama hexagonal que bordea el PAU hacia el Suroeste. Un conjunto poroso, penetrable, accesible, de espacios interiores refrescantes, por tramos laberíntico, con subidas y bajadas, entradas y salidas... En pocas palabras, una pista que da la modernidad para poner en entredicho el rígido esquema urbanístico que impera en los nuevos crecimientos de la capital.
Esto es más justificado si cabe en el caso de Madrid, una ciudad que en los últimos años -incluso en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria- no ha se detenido en un vertiginoso proceso de expansión periférica.
Para un observador exterior el Madrid de los PAU's supone una realidad insondable, inabarcable en su escala e incomprensible en su ambición. Todo ello alicientes que convierten su visita en algo más que estimulante. En esta ocasión por imperativo temporal hubo ocasión de conocer sólo algunos de los PAU's recientes que, por otra parte, se encuentran entre los más consolidados hasta la fecha. Por sus nombres más comunes: Sanchinarro y los ensanches de Vallecas y Carabanchel.
Estos crecimientos no se entienden del todo si no se conocen los fragmentos de ciudad a la que expanden. Son en realidad manifestaciones de todos los complejos acumulados durante décadas de deterioro de los antiguos barrios periféricos, a menudo focos de marginalidad, construidos con medios humildes y con una pobre planificación urbanística. Todo ello parece querer sublimarse en amplias avenidas, extensas zonas verdes, tramas reticulares, viviendas sociales de diseño, equipamientos razonables, edificios singulares, etc. La búsqueda del refinamiento del modelo llega a un remarcable cuidado por el detalle, como denotan las calles arboladas con alcorques intercalados con el aparcamiento en cordón, las cuidadas conformaciones de esquina o la atención a los diseños de pavimentos.
El resultado es una elaboradísima, la más profunda que he conocido, ingeniería urbanística que aspira a la creación de bolsas de ciudad semi-autónomas ligadas por agregación para construir una ciudad mayor. Es este un modelo que surge como respuesta a las deficiencias de un modelo basado en supuestos del movimiento moderno pobremente entendidos y cicateramente aplicados. En una regresión mal disimulada la respuesta consiste en recuperar y aggiornar modelos de crecimiento anteriores. No sólo se retoma la terminología burguesa decimonónica del ensanche, sino sus rasgos formales más identificativos: la trama reticular, el bulevar y la manzana cerrada.
Pero el resultado no es, ni puede serlo, el Eixample, ni el Madrid de Castro, ni mucho menos el Paris de Haussmann. Es algo a medio camino, definido pero indeciso, inquietante sin resultar turbador.
Quizá sean los complejos hederados los que han llevado a que estas ciudades estén surcadas por amplias avenidas que a menudo se nos antojan sobredimensionadas para lo que no deja de ser un barrio residencial. O es que quizá entraban ya en los cálculos las previsibles sucesivas nuevas expansiones urbanísticas anejas. Como resultado si bien la densidad de edificación es mayor que en los nefastos suburbios de unifamiliares, se queda aún a varios pasos de ser suficiente para volver agradables y sencillos los desplazamientos peatonales, tampoco los espacios para bicicletas están bien delimitados, pese a tener amplitud suficiente para ello -el déficit de Madrid en cultura ciclista es notable-.
La dimensión de la manzana parece estimada en base a la capacidad de promoción de viviendas de las grandes constructuras. Así, en la mayoría de estas manzanas hay espacio para uno o dos complejos de viviendas, como máximo. Asimismo, salvo por algunas calles algo más señaladas estos bloques no disponen de bajos comerciales, inviables económicamente. Todo ello reduce al mínimo la posibilidad de interactuar con la edificación. Es más fácil que el peatón termine siguiendo una pared de ladrillo cara vista que se encuentre con un vecino con el pan recién comprado.
Esto irremediablemente nos lleva a una reflexión sobre el tipo de arquitectura residencial que impera en estas novísimas ciudades. Huelga decir que impera lo que podríamos llamar un "estándar de inmobiliaria", edificios en su mayoría constructivamente correctos pero ante todo discretos, mercantilmente refractarios a la menor estridencia. Por supuesto optimizados en su rendimiento económico. Entre ellos se intercalan aquí y acullá un buen número de operaciones singulares, no pocas de ellas sugestivas como objetos arquitectónicos, varias incluso respaldadas por firmas de la máxima solvencia, en lo que parece ser un esfuerzo de la ciudad por recuperar posiciones en el terreno de la arquitectura de diseño. Lamentablemente, las dimensiones mastodónticas de unos y otros hacen que el interés arquitectónico se diluya en la impresión de encontrarnos ante construcciones totémicas, cerradas a cal y canto sobre sí mismas, inaccesibles para el forastero. Un fiel reflejo del moderno paradigma de la casa-concha, en palabras de Bachelard.
Cada grupo de viviendas encierra su propia centralidad, será ese el motivo por el que el viandante pulula entre bloques no jerarquizados, sin referentes espaciales en los que apoyarse, no se identifica una centralidad colectiva. Quizá sea ese el gran enigma de los PAU's, se mueven en la indefinición, pudiendo ser ciudades semi-autónomas carecen de esos referentes comunes que construyen en los habitantes la sensación de formar parte de un colectivo, de un vecindario. Un situacionista condenaría los PAU's de inmediato como terreno mal abonado para las psicografías, cómo guiarse por las pulsiones, el deseo, las sensaciones allí donde la planificación no ha dejado un ápice de espacio a la improvisación. Dónde quedan el callejón, la plaza interior, el adarve, los pasajes, las escaleras, las cuestas, las plazas porticadas, el soportal, el vestíbulo...
La densidad demográfica no está acompañada de la suficiente densidad espacial para interiorizar el espacio común como propio, que es lo que en definitiva crea sentimiento de pertenencia. Sí, se han logrado viviendas más cómodas y modernas, mejor aireadas, ventiladas psíquicamente, más seguridad y vigilancia, pero al precio de tener que abandonar una concepción abierta, inclusiva y compartida del modelo de convivencia.
Y no es porque la arquitectura moderna sea incapaz de ofrecer alternativas, las tiene en abundancia. Algunas de ellas más próximas de lo que cabía esperar. La gran sorpresa de Sanchinarro no estuvo en los grandes edificios de firmas de prestigio -estos quizá dejaron un poso de decepción- sino en la ya antigua barriada de trama hexagonal que bordea el PAU hacia el Suroeste. Un conjunto poroso, penetrable, accesible, de espacios interiores refrescantes, por tramos laberíntico, con subidas y bajadas, entradas y salidas... En pocas palabras, una pista que da la modernidad para poner en entredicho el rígido esquema urbanístico que impera en los nuevos crecimientos de la capital.
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