jueves, 10 de noviembre de 2011

El fracaso del gran suburbio: la lectura individualista

Para Gaston Bachelard nada puede hacer el espacio amputado del apartamento frente a la virtud ensoñadora de la casa. El apartamento, ese 'agujero convencional', no puede competir con las imágenes que —desde el sótano hasta el desván— la casa evoca. Si la horizontalidad del piso constriñe y limita, la casa antepone una verticalidad que nos arraiga en lo telúrico y nos proyecta hacia la 'cosmicidad' [1]. Al hilo de estos pensamientos Peter Sloterdijk se cuestiona '¿Puede el alma «expandirse» («no sé nada de ello») mientras haya de contentarse con apartamentos de alquiler?' [2]

La noción de la ciudad tradicional como corsé que retiene el ansia expansiva de yoes abocados a interferir entre sí no es nueva; podemos fácilmete trazarla hasta el discurso antiurbano que comienza a gestarse en el siglo XIX. Tomemos como muestra el conocido como 'diagrama de los 3 imanes', aquél con el que Ebenezer Howard ilustra su innovadora propuesta consistente en aunar lo mejor del campo y de la ciudad en un modelo híbrido, la afamada ciudad-jardín. En dicho esquema entre los aspectos negativos de la ciudad destacan todos aquellos que asociamos a la aglomeración y masificación de personas: el extrañamiento de las masas, los ejércitos de desempleados, el aire viciado, los cielos turbios, la infravivienda... Mientras que lo mejor del campo nos remite a imágenes positivas y gratificantes, a emblemas de soledad: ausencia de sociedad, belleza de la naturaleza, bosques, praderas, aire fresco, pueblos deshabitados... De la unión de ambos mundos surgiría un modelo social fundado en la libertad individual y la cooperación colectiva. Ciudades de amplios espacios abiertos y de viviendas luminosas acompañadas de cuidados jardines privados. Sobre el papel, una calculada combinación de lo público y lo privado, de lo comunitario y lo individual.

Howard plantó así la semilla ideológica del modelo de baja densidad urbana que a partir de 1930 proliferaría, con mayor o menor fortuna, primero por las naciones anglosajonas para más tarde irradiar  todo el globo, ya en plena eclosión de la era de la movilidad. El modelo fue importado acríticamente también allí donde el crecimiento disperso era históricamente ajeno al código genético de las ciudades. Lejos ya el poso utópico de Howard, el gran suburbio global ha dejado de reunir lo mejor de ambos mundos el campo y la ciudad para acabar desvaneciéndolos en un inabarcable continuum. Por un lado las ciudades son ya insondables, han eclosionado sobre el territorio, no ya como mancha de aceite, sino como una violenta salpicadura; en cuanto al campo, suscribimos las palabras de un lacónico Georges Perec: 'No tengo mucho que decir a propósito del campo: el campo no existe, es una ilusión'. La democratización del flujo centrífugo de urbanitas cansados o de nostálgicos de la 'utopía campestre' está tanto en el origen del modelo suburbial como en su fracaso y decadencia.

La constatación del fracaso del suburbio no es nueva, ya circulaba en pleno apogeo expansivo de la vivienda unifamiliar aislada; en Comunidad y privacidad (1963) leemos: 'El suburbio, secuaz de la cultura tecnocrática, prolifera […] bajo el mito de que procura simultáneamente las comodidades de la casa urbana y los placeres de la casa de campo. Pero tanto la pseudo-ciudad como el pseudo-campo —que condenan al pasajero cotidiano a trasladarse de un lugar a otro en una desesperada búsqueda de satisfacción [...]— sólo promueven el descontento' [3]. Un fallo de modelo que se acompaña del gran fraude del proyecto de privacidad en el suburbio: 'La pseudo-casa de campo, mal ubicada dentro de un conjunto mal organizado, no está en íntimo contacto con la del vecino, ni tampoco lo bastante alejada de ella; sus flancos están desprotegidos contra las miradas curiosas y contra los ruidos molestos. Constituye un anacronismo ridículo. Lo único que se divisa a través de su “pared de vidrio” es la pared vidriada del vecino. Alrededor de la casa se extiende una miserable parodia de jardín: un espacio privado, mantenido también privadamente, que se arrastra hasta las cunetas de la calle; islotes de hierba desnudos e inútiles que sirven sólo al mito de la independencia'[4].

El suburbio se mueve en densidades edificatorias que quedan en tierra de nadie, no es ciudad, no es campo, pero tampoco reúne lo mejor de ambos; más bien se constituye en un mundo propio aparte que, desprovisto ya por completo de aspiraciones utópicas, se somete al dominio de tres señas de identidad indefectibles: la insostenibilidad, la estandarización banal y la inseguridad. El problema de la sostenibilidad de la vivienda egosférica expansiva, como bien expone el Profesor Francesc Muñoz en Urbanalización [5] es multidimensional:

Existe en primer lugar una insostenibilidad funcional en tanto en cuanto los lugares se van especializando, y cada vez más fragmentos de territorio son urbanizados como monocultivos residenciales […] Existe por supuesto una insostenibilidad ambiental, derivada de la dispersión de la urbanización y de cuestiones concretas como los continuos consumos de suelo y de recursos naturales como el agua que regará jardines y llenará piscinas privadas, o una movilidad exacerbada y exponenecial […] la dispersión territorial hace prácticamente imposible satisfacer los flujos de movilidad con políticas de transporte público […] Hay también una insostenibilidad social, puesto que en esos nuevos espacios residenciales el precio de la vivienda constituye un verdadero filtro que determina las poblaciones que habitarán las casas aisladas de 500 m2, con vistas a espacios naturales o calidad paisajística, sólo al alcance de algunas familias, y las que vivirán en las interminables hileras de casas adosadas que, a precios más asequibles, difícilmente sobrepasarán los 120 m2. Un auténtico filtro social que hace que el paisaje humano responda igualmente a un perfil de habitante homogéneo […] Finalmente, también se da un insostenibilidad cultural si se atiende a la simplificación evidente del diseño urbanístico, fácilmente apreciable en la clonación de morfologías y formatos de una promoción a otra.

El rostro del suburbio es anónimo, un compuesto de urbanizaciones que prosperan bajo el signo de lo banal, lo estándar, lo homogéneo. Sus arquitecturas anodinas se repiten por defecto, con claves estilísticas económicamente depuradas y mercantilmente contrastadas; por lo general denotan códigos sencillos superficialmente barnizados con extractos de la tradición local —debidamente manipulada— o con un historicismo aligerado. Son edificios a la altura de un diseño urbano plano y predecible por lo manido y reiterativo de sus pautas: 'un paisaje repetido y clonado, a la manera de una gigantesca cinta de Moebius, hecho de islas urbanas uniformes, enlazadas por rotondas, espacios comerciales y gasolineras-tienda'[6]. Un escenario éste que se replica en cualquier lugar del globo sin apenas variaciones, con la misma profusión con que irrumpe el último blockbuster o la más rutilante estrella del pop. La red viaria deja a la forma urbana deliberadamente al servicio del espacio residencial privado, sus rígidas e inacabables trazas salpicadas de viviendas —cercadas o no— traban a conciencia el surgimiento de la ciudad, del ciudadano. En el suburbio genérico la calle no está para ser vivida, la calle es aquello que se interpone entre el jardín y la oficina, no es lugar para el encuentro, su papel de identificación y representación del colectivo está cercenado. El promotor tejano Gerald D. Hines lo expone con crudeza: 'cuantas más áreas de aparcamiento, más distancia entre los edificios; cuanta más distancia entre edificios, menos camina la gente; y cuanto menos camina la gente, menos vida urbana' [7].

Donde aflora con mayor evidencia el sustrato individualista generador del suburbio es en lo que se ha dado en denominar 'estilo de vida lock living' [8], auténtico sustento de toda una industria de la seguridad. El mal disimulado pavor por el intruso o el merodeador se constituye como el auténtico nervio que recorre la espina dorsal del gran suburbio global. Desde las gated communities o las edge cities de Norteamerica hasta las villas y condominios cercados de los países emergentes en Asia se configura una geografía inmunizada por garitas, puestos de control, muros alambrados, guardias armados o circuitos cerrados de televisión. Toda esta ingeniería de la protección, manifiesta en las comunidades suburbiales, supone la evidencia más palpable de un fenómeno netamente individualista: el comunitarismo en esencia sólo sirve a la seguridad e integridad de los individuos. 

Zygmunt Bauman ha descrito meridianamente las claves del desmontaje de los valores comunitarios en el curso de la Modernidad: 'La armonía interna del mundo comunitario reluce y centellea contra el fondo de la oscura y enmarañada jungla que empieza del otro lado del portal. La gente que se apiña en torno al calor de la identidad compartida arroja (o espera desterrar) a esa jungla de todos los miedos que la hicieron buscar refugio en lo comunitario' [9]; 'la visión de comunidad es como una isla cálida y doméstica tranquilidad en mitad de un mar inhóspito y turbulento [10]. La comunidad de individuos aquí descrita, de la que el suburbio es fiel reflejo, requiere para su sostén de un manto uniformador que elimine lo heterogéneo del espacio intramuros. En el interior sólo hay espacio para lo semejante, el diferente está condenado al destierro; o con Richard Sennet: 'La imagen de la comunidad ha sido purificada de todo lo que pudiera provocar algún sentimiento de diferencia, por no hablar de conflicto, en el “nosotros”. De este modo, el mito de la solidaridad comunitaria es un ritual de purificación' [11].

En la fase líquida de la modernidad el suburbio contemporáneo ha desmantelado el pretendido equilibrio con el que dentro de los márgenes del capitalismo Ebenezer Howard ajustaba las necesidades individuales y colectivas —lo que en el fondo no dejaba de ser una recreación del marco tradicional de relaciones sociales rurales adaptado a los gustos, necesidades y expectativas de una clase media urbana con recursos—. En su luagar se impone una proyección hacia lo colectivo de los imperativos individuales que ha arrollado de lleno el principio de cooperación comunal. El proceso culmina en una absorción plena de lo comunitario por parte de los requerimientos corporales:

La nueva supremacía del cuerpo se refleja en la tendencia a modelar la imagen de comunidad […] siguiendo el patrón del cuerpo idealmente protegido: se la visualiza como una entidad homogénea y armoniosa en su interior, purificada de toda sustancia extraña e indigerible, con todos los puntos de acceso cuidadosamente vigilados, controlados y protegidos, pero pesadamente armada en el exterior y recubierta por una coraza impenetrable. Los límites de la comunidad postulada, al igual que los límites exteriores del cuerpo, dividen el reino de la confianza y el cuidado amoroso de la jungla llena de riesgos, sospechas y vigilancia perpetua. El cuerpo y la comunidad postulada son suaves y aterciopelados por dentro y espinosos y pinchudos por fuera [12].

Palabras éstas últimas que nos devuelven poderosamente a las imágenes referenciales de la concha y el nido, nos remiten a un habitante suburbial envuelto entre holandas, a cobijo, refugiado en lo más recóndito de gruesas capas de dura piel. Es éste un moderno rasgo habitacional que emerge bajo diferentes formulaciones —ya sea con estas imágenes de Bachelard, bajo la apariencia de cama en Perec o en el completo discurso inmunológico de Sloterdijk— y que ahora Bauman nos permite escalar a clave sociológica para así explicar la configuración hermética de comunidades de individuos.

[1] La poética del espacio, 58.
[2] Esferas III, 420.
[3] Comunidad y privacidad, 61.
[4] Ibídem, 63.
[5] Urbanalización, 202-203.
[6] Ibídem, 206.
[7] Ciudad hojaldre, 202.
[8] Urbanalización, 74.
[9] Modernidad líquida, 183.
[10] Ibídem, 193.
[11] Ibídem, 191.
[12] Ibídem, 195.

No hay comentarios: