El debate en torno a la traída y llevada Torre Cajasol parece ensuciarse más con cada nueva planta que lo aleja del suelo. Ríos de tinta se han vertido sobre su oportunidad, el efecto paisajístico, el impacto sobre la ciudad histórica, su dominio sobre la escena del puerto histórico del Guadalquivir... en lo que se ha tornado ya un agrio y enrarecido intercambio de opiniones que poco a poco va dejando paso a la descalificación personal sin ambages. En este último punto quisiera detenerme, pues recurrentemente se ha esgrimido la torre como si de un estoque de modernidad se tratase que se ensarta en el corazón de la más rancia y anquilosada psique capitalina.
La identidad rascacielos y modernidad parece plausible a simple vista, pero siempre y cuando esa modernidad sea en minúsculas y sin adjetivar. Porque todo aquél que haya estudiado algo la Modernidad —ésta sí con mayúscula— sabe bien que no es homogénea, y que aquello que fue hito y emblema en un periodo puede dejar de serlo en el siguiente. En Cosmópolis (Toulmin, 1990), por ejemplo, se nos presenta una Modernidad cambiante
y evolutiva, opuesta a toda concepción estática y monolítica. Es éste
un planteamiento de base compartido por gran parte de los estudiosos de la historia de las ideas. Si Stephen Toulmin habla de un movimiento pendular entre
humanismo y racionalismo; Peter Sloterdijk plantea la situación en
términos de una transición entre la poética evocación del globo hacia la de la lábil
espuma; más prosaico, un Ulrich Beck se refiere a una primera y segunda
fase —también denominada 'modernidad reflexiva'—; que estarán, con
matices, en correspondencia directa con la Modernidad sólida y líquida
de Zygmunt Bauman; para Castoriadis todo es más sencillo, el estadio
creativo inicial ha dejado paso a otro llanamente conformista. Pese a
las divergencias, encontramos un común hilo conductor: hacia mediados
del siglo XX se altera profundamente la percepción que los individuos
tenían de sí mismos.
El rascacielos, que aquí nos ocupa, es sin duda una de las expresiones urbanas modernas más icónicas ¿pero de qué modernidad se trata? Puede decirse con Bauman que, efectivamente, la 'emancipación del tiempo con respecto al espacio' es rasgo definitorio de Modernidad. Fruto de la aceleración del movimiento es la 'expansión del espacio', en la fase sólida de lo moderno las fronteras alcanzan ya los más recónditos confines del globo. 'La expansión lo es todo' subraya un Cecil Rhodes —el hombre que una vez profanado el último rincón del globo apuntaba ya a las estrellas— henchido de imperialismo, alumbrando un auténtico motto epocal. En esta etapa el dominio eficiente del tiempo lleva asociado el control efectivo de los valores espaciales. En la urbe metropolitana el rascacielos —por una vez traducción literal del inglés, skyscraper— es la encarnación material de esos valores: el fordismo aplicado a la construcción, la conquista del techo de la ciudad, la pugna por el superlativo: más lejos, más alto, más esbelto.
Sin embargo, en la fase líquida o liviana, según la gran aceleración telemática se aproxima a la instantaneidad, irrumpe una consecuencia inesperada: la súbita contracción del espacio, el espacio en sí mismo se vuelve irrelevante. El tiempo en la era del software ha hecho de él una red isótropa de nodos multi-accesibles, 'ninguna parte del espacio es privilegiada, ninguna tiene “valor especial”' (Bauman, 2000). Toma así cuerpo un nuevo estadio, casi inmaterial, que añadir a la historia de la Modernidad, una capa imperceptible, como corresponde a un espacio contraído por la rapidez lumínica, plegado abruptamente sobre sí mismo hasta compactarse en densidades cósmicas.
¿Qué importancia pueden tener los grandes hitos de concentración espacial cuando la espacialidad misma está en crisis? Baste para entender el cambio de paradigma que planteamos con observar cómo afrontan las dos multinacionales que mejor encarnan las fases en cesura de la Modernidad occidental: General Motors y Apple. Mientras una recrea su propio cluster en miniatura la otra, Apple, como la mayoría de las principales empresas de tecnología digital, hace renuncia expresa de la altura como imagen corporativa, y ello no es en absoluto casual.
¿Qué importancia pueden tener los grandes hitos de concentración espacial cuando la espacialidad misma está en crisis? Baste para entender el cambio de paradigma que planteamos con observar cómo afrontan las dos multinacionales que mejor encarnan las fases en cesura de la Modernidad occidental: General Motors y Apple. Mientras una recrea su propio cluster en miniatura la otra, Apple, como la mayoría de las principales empresas de tecnología digital, hace renuncia expresa de la altura como imagen corporativa, y ello no es en absoluto casual.
Entonces a qué achacar el renovado interés por la construcción en altura experimentado en los últimos años. En primer lugar hemos de relativizarlo, en el contexto cultural occidental —o si se prefiere, el compacto euroamericano— el rascacielos entró en crisis hace tiempo, antes incluso del fatídico 11-S. Probablemente el punto de inflexión definitivo se produjo con motivo de la crisis del petróleo, casualmente coincidente con la culminación de las Torres Gemelas en Manhattan. Desde entonces la construcción de edificios en altura comenzó su declive, aún más si cabe en Europa, donde los clusters más densos a duras penas rivalizan con los de una ciudad tejana.
La gran carrera por la altura se disputa hoy entre enclaves bañados en petróleo en Oriente Medio y las megalópolis de los países aún emergentes del gran Oriente —se estima que para 2020 sólo uno de los 20 edificios más altos del planeta estará situado en un país occidental—. En ambos casos sus recursos monetarios son sólo equiparables a su ansia de reconocimiento internacional y de liderazgo regional. En nuestro ámbito cultural, donde la transición hacia lo liviano es ya casi completa, el rascacielos es ya un hecho anécdotico al que algunas ciudades han incluso renunciado expresamente. Ciertamente se siguen erigiendo, pero es un recurso a la que muy pocas ciudades aspiran, pues incluso si nos abstraemos del hecho de su inasumible coste en el marco económico actual, así como del ya comentado progresivo vaciado y descrédito ideológico y cultural del objeto como hito, el elemento en sí, como herramienta de márketing urbano sólo atrae atención internacional a partir del oro olímpico —o cómo en el caso sevillano, a través de la controversia—. En el mundillo de los adoradores fálicos, disculpen el cliché, ya se comenta que los 600 son los nuevos 300, y recordemos que la Torre Pelli se queda en unos 'discretos' 180 m.
En definitiva, aquellos que ven en la Torre Cajasol un emblema de lo moderno ciertamente no se equivocan, lo que posiblemente soslayan es que su valor como icono urbano va camino de la obsolescencia en nuestro contexto cultural. Lo cual suma al hecho de la construcción en altura en Sevilla un doble sesgo negativo, tanto por abrazar una fórmula sobrepasada por el curso del tiempo como por hacer de ella el elefante en la habitación de una de sus escenas más reconocibles.


1 comentario:
oh, preclaro :)
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