Estos días, que se suceden las hagiografías sobre el más prolífico y longevo arquitecto en siglos -habría que remontarse a Imhotep-, resulta imposible decir algo que no haya sido ya dicho, o casi. La noche que supe de su muerte tuve un pensamiento para él, en realidad lo llevo teniendo ya varias madrugadas, entiéndase, no por causa de los informes médicos que venían llegando con cuentagotas desde su última hospitalización, ni por nostalgia de aquel lejano primer curso de Historia de la Arquitectura, menos aún por saudade de las extenuantes caminatas por Brasilia de 2006, de agridulce recuerdo, no, la culpa es de Mtv. Una cadena que por lo general trato de evitar, después que se erigiera en escaparate de cuantas vergüenzas humanas se puedan reunir, salvo en la franja horaria de las 2:00 de la madrugada. Hace ya semanas que reponen a esa hora la serie de televisión que me regaló las mejores y más sinceras carcajadas, solo o en la mejor compañía: La hora chanante.
Todo respetable aficionado de este espacio humorístico ha forzosamente de saber que la pieza ecuatorial de capa capítulo la ocupaba una sección de disparatados doblajes de películas de género -hablar de serie B sería honrrarlas en demasía- bajo el enigmático nombre de "Retrospect[er]". Tras los títulos, y salvo excepciones, el ritual mensual era idéntico, la silueta a contraluz de un hombre sentado de perfil, de mediana edad, ataviado con un traje sacado del atrezzo de Mad Men, sostiene en sus manos un papel al que mira, el plató se ilumina, el plano se estrecha y el caballero levanta su mirada al tiempo que mueve la silla giratoria para dirigirse a cámara. La impoluta peluquería pre-hippie de este señor, pronto le valdría el sobrenombre en la red freak del "presentador repeinao", sin que hasta la fecha haya trascendido dato alguno sobre su identidad o biografía. Los "doblajes dadá" sobre las películas libres de derechos que introducía pronto se alzaron entre los espacios predilectos de la muchachada. Pero hablábamos de Oscar Niemeyer.
Siempre me resultó llamativo el fondo escénico que acompañaba al señor de la pulcra raya en sus delirantes proemios, pues me pareció que guardaba un parecido más que razonable con la fachada porticada del Palácio da Alvorada. Durante algún tiempo se convirtió en una de esas dudas que ocasionalmente rondan la razón, pero con las que uno aprende a convivir, sabedor de que se trata de un pensamiento estéril. Sin embargo, el fallecimiento de Niemeyer, apenas horas después de revisitar aquella reposición intempestiva, fue el impulso que me llevó a tratar, al fin, de atar los cabos. ¿Se podría llegar a saber quién era aquel caballero enigmático? Y lo más relevante, ¿podría este dato arrojar luz sobre la plausibilidad del vínculo tropical?
Tras afinar la búsqueda a partir de datos antes despreciados, logré dar, para mi sorpresa, con la identidad del personaje en concreto. Aquel hombre recto, aunque algo encorvado, impertérrito, de hombros caídos, pálido, de nariz aberenjenada, resultó ser Douglas Edwards, el improbable, y sin embargo, primer presentador de noticias televisadas de los EE.UU. El equipo de Joaquín Reyes, sin que sirva de precedente, respetó el lazo entre el presentador y su programa, con lo cual no fue difícil dar en youtube -Aleph de la cultura pop audiovisual- con la serie de vídeos del Retrospect original. Un breve repaso a sus contenidos revela aspectos aún más jugosos si cabe, el espacio en cuestión era una serie de televisión para la CBS producida por una agencia gubernamental estadounidense, la Office of Civil and Defense Mobilization. El formato es un típico producto de la Guerra Fría, ideado para sembrar la paranoia entre la población y engrasar el mecanismo del complejo militar-industrial. Sin pecar de presentismo, la mezcla de las dos piezas de documentalismo histórico entre las que se empareda el núcleo de coaching para el apocalipsis nuclear, de tan evidente en sus fines parece incluso ingenua. En The imaginary war el americano Guy Oakes da completa cuenta del siniestro fin de producciones de este corte.
Los créditos del programa no refieren al equipo de escenografía, por lo tanto, sólo nos resta la datación de Retrospect como nexo viable a Planalto. Siquiera esto es sencillo, el mismo Oakes informa de que ni los Archivos Nacionales, ni los de la CBS, proporcionan las fechas de emisión. Sin embargo, una revisión de la revolución cubana de 1959, en la que se alerta del giro antiamericano de Castro, nos pone sobre la pista. Que no se le refiera como prosoviético o comunista apunta a los estadios iniciales del gobierno revolucionario, por lo tanto, no debieron emitirse más allá de finales de 1960, lo cual es congruente con otras referencias halladas en internet. Así pues, las fechas concuerdan, el proyecto de Niemeyer que sería el primero en inaugurarse en la nueva capital, el 30 de junio de 1958. Edificio emblemático que marcaría una pauta que encuentra sus variaciones más relevantes en el Palácio do Planalto y en la sede del Tribunal Supremo. Si la suposición es correcta, este hecho anecdótico probaría el poder de impregnación de una ciudad que se diría traída de otro tiempo, así como la prontitud con la que se alzó en emblema de vanguardia universal.
Insospechado cruce éste que se presta a jugosas implicaciones psicopolíticas. Qué hubiera dicho o hecho Niemeyer, conspicuo comunista, castrista medular, filosoviético militante, de saber que su arte estaba sirviendo de fondo escénico para un enchaquetado yankee asustaviejas; probablemente jamás habría permitido que su diseño arrropara de modernidad la inevitabilidad de la guerra. ¿Cómo llegó, pues, hasta allí el escorzo de la columnata parabólica del Planalto? Quizá la dulce vendetta de un escenógrafo que escapó al macarthismo, la especulación es libre, la verdad última es inasequible, pero lo más probable es que alguien con inquietud creativa acudiera a lo último en arquitectura. Lo cual depara una endiablada conclusión final: la usurpada vanguardia planaltiana ampara al arcaismo belicista tanto como éste sirve de sustento a la vanguardia humorística patria. De esta absurda y prescindible nota sólo puede emerger un corolario, la palpitante modernidad atemporal de Niemeyer brilla más si cabe bajo la pálida luz de sus más rancios reflejos contemporáneos.
Todo respetable aficionado de este espacio humorístico ha forzosamente de saber que la pieza ecuatorial de capa capítulo la ocupaba una sección de disparatados doblajes de películas de género -hablar de serie B sería honrrarlas en demasía- bajo el enigmático nombre de "Retrospect[er]". Tras los títulos, y salvo excepciones, el ritual mensual era idéntico, la silueta a contraluz de un hombre sentado de perfil, de mediana edad, ataviado con un traje sacado del atrezzo de Mad Men, sostiene en sus manos un papel al que mira, el plató se ilumina, el plano se estrecha y el caballero levanta su mirada al tiempo que mueve la silla giratoria para dirigirse a cámara. La impoluta peluquería pre-hippie de este señor, pronto le valdría el sobrenombre en la red freak del "presentador repeinao", sin que hasta la fecha haya trascendido dato alguno sobre su identidad o biografía. Los "doblajes dadá" sobre las películas libres de derechos que introducía pronto se alzaron entre los espacios predilectos de la muchachada. Pero hablábamos de Oscar Niemeyer.
Siempre me resultó llamativo el fondo escénico que acompañaba al señor de la pulcra raya en sus delirantes proemios, pues me pareció que guardaba un parecido más que razonable con la fachada porticada del Palácio da Alvorada. Durante algún tiempo se convirtió en una de esas dudas que ocasionalmente rondan la razón, pero con las que uno aprende a convivir, sabedor de que se trata de un pensamiento estéril. Sin embargo, el fallecimiento de Niemeyer, apenas horas después de revisitar aquella reposición intempestiva, fue el impulso que me llevó a tratar, al fin, de atar los cabos. ¿Se podría llegar a saber quién era aquel caballero enigmático? Y lo más relevante, ¿podría este dato arrojar luz sobre la plausibilidad del vínculo tropical?
Tras afinar la búsqueda a partir de datos antes despreciados, logré dar, para mi sorpresa, con la identidad del personaje en concreto. Aquel hombre recto, aunque algo encorvado, impertérrito, de hombros caídos, pálido, de nariz aberenjenada, resultó ser Douglas Edwards, el improbable, y sin embargo, primer presentador de noticias televisadas de los EE.UU. El equipo de Joaquín Reyes, sin que sirva de precedente, respetó el lazo entre el presentador y su programa, con lo cual no fue difícil dar en youtube -Aleph de la cultura pop audiovisual- con la serie de vídeos del Retrospect original. Un breve repaso a sus contenidos revela aspectos aún más jugosos si cabe, el espacio en cuestión era una serie de televisión para la CBS producida por una agencia gubernamental estadounidense, la Office of Civil and Defense Mobilization. El formato es un típico producto de la Guerra Fría, ideado para sembrar la paranoia entre la población y engrasar el mecanismo del complejo militar-industrial. Sin pecar de presentismo, la mezcla de las dos piezas de documentalismo histórico entre las que se empareda el núcleo de coaching para el apocalipsis nuclear, de tan evidente en sus fines parece incluso ingenua. En The imaginary war el americano Guy Oakes da completa cuenta del siniestro fin de producciones de este corte.
Los créditos del programa no refieren al equipo de escenografía, por lo tanto, sólo nos resta la datación de Retrospect como nexo viable a Planalto. Siquiera esto es sencillo, el mismo Oakes informa de que ni los Archivos Nacionales, ni los de la CBS, proporcionan las fechas de emisión. Sin embargo, una revisión de la revolución cubana de 1959, en la que se alerta del giro antiamericano de Castro, nos pone sobre la pista. Que no se le refiera como prosoviético o comunista apunta a los estadios iniciales del gobierno revolucionario, por lo tanto, no debieron emitirse más allá de finales de 1960, lo cual es congruente con otras referencias halladas en internet. Así pues, las fechas concuerdan, el proyecto de Niemeyer que sería el primero en inaugurarse en la nueva capital, el 30 de junio de 1958. Edificio emblemático que marcaría una pauta que encuentra sus variaciones más relevantes en el Palácio do Planalto y en la sede del Tribunal Supremo. Si la suposición es correcta, este hecho anecdótico probaría el poder de impregnación de una ciudad que se diría traída de otro tiempo, así como la prontitud con la que se alzó en emblema de vanguardia universal.
Insospechado cruce éste que se presta a jugosas implicaciones psicopolíticas. Qué hubiera dicho o hecho Niemeyer, conspicuo comunista, castrista medular, filosoviético militante, de saber que su arte estaba sirviendo de fondo escénico para un enchaquetado yankee asustaviejas; probablemente jamás habría permitido que su diseño arrropara de modernidad la inevitabilidad de la guerra. ¿Cómo llegó, pues, hasta allí el escorzo de la columnata parabólica del Planalto? Quizá la dulce vendetta de un escenógrafo que escapó al macarthismo, la especulación es libre, la verdad última es inasequible, pero lo más probable es que alguien con inquietud creativa acudiera a lo último en arquitectura. Lo cual depara una endiablada conclusión final: la usurpada vanguardia planaltiana ampara al arcaismo belicista tanto como éste sirve de sustento a la vanguardia humorística patria. De esta absurda y prescindible nota sólo puede emerger un corolario, la palpitante modernidad atemporal de Niemeyer brilla más si cabe bajo la pálida luz de sus más rancios reflejos contemporáneos.


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