La
identidad spengleriana, civilización y gran ciudad, revela
interesantes derivadas cuando —siguiendo su proposición— nos
adentramos en la inexorable espiral de la decadencia. El triunfo de la
ciudad, es el silencio de la aldea —«el campo calla y se
desvía»1—.
Y todo lo que de éste quedara, como poso arcaico en el interior del
habitar urbano, se difuminará en el moderno proyecto doméstico
hasta el completo desvanecimiento:
Las
casas no son ya, como eran todavía las casas jónicas y barrocas,
las descendientes de la vieja casa aldeana, célula primaria de la
cultura. Ya ni siquiera son casas en donde Vesta y Jano, los penates
y los lares tengan santuarios; son viviendas que ha creado, no la
sangre, sino la finalidad, no el sentimiento, sino el espíritu del
negocio. Mientras el hogar, en sentido piadoso, constituye el
verdadero centro de una familia, es que aún sigue viva la última
relación con el campo. Pero cuando esta relación se rompe, cuando
la masa de los inquilinos y huéspedes surca ese mar de casas errando
de refugio en refugio, como los cazadores y pastores de las épocas
primitivas, entonces ya está perfectamente formado el tipo del
nómada intelectual. La ciudad es mundo, es el
mundo.
Sólo
como conjunto le
sobreviene el sentido de la habitación humana. Las casas son los
átomos que componen el cosmos.2
La
definitiva merma en el poder afectivo de la vivienda urbana,
desvinculada de la tierra, olvidada de lo telúrico, es para Spengler
motivo capital de la condena determinista de la ciudad: «La rueda
del destino ha de seguir corriendo hasta el término de la carrera.
El nacimiento de la ciudad trae consigo su muerte. El principio y el
fin, la casa aldeana y el bloque de viviendas, son uno a otro como el
alma a la inteligencia, como la sangre a la piedra»3.
La pérdida del «ritmo cósmico» con el suelo fértil, que el
aldeano cultiva por generaciones, hace del urbano un ser de
existencia desarraigada, y en última instancia, desinteresado por la
procreación; la «infecundidad
del hombre moderno»4,
tal
y como la propone Spengler, es signo idiosincrásico del ciudadano
crepuscular. Más aún, en las fases finales de toda civilización,
la no sustitución de la «sangre» desata un «desmonte por la
cúspide», sólo mitigado por la llegada de pobladores rurales, que
no harán sino posponer la aniquilación última. Sin llegar a
suscribir las sombrías consecuencias de estas líneas
—discutiblemente rebasadas por los acontecimientos—, sí
reconocemos en el pronóstico del derrumbe de la fertilidad un
indicador cuyas consecuencias reales sólo comenzamos a sentir. La
«ciudad absoluta» resiste aún, los núcleos se vacían, es cierto,
pero para poblar nutridas periferias negadoras de campo. En cambio,
el arquetipo de la ruina pétrea no nos ha abandonado, se hace
popular, nutrido de todo un género literario post-acopalíptico que,
junto con sus adaptaciones dramáticas, desinhibe los impulsos
destructivos y estimula la moderna «propensión metafísica
a
la muerte»5.
No
cabe esperar de Spengler esperanzas para el futuro del modo de vida
urbano occidental. El proceso es irreversible, el ciudadano no conoce
el camino de retorno a la aldea: «La patria para él es la ciudad.
En la aldea más próxima siéntese como en el extranjero. Prefiere
morir sobre el asfalto de las calles a regresar al campo […] El
hombre de la gran urbe lleva eternamente consigo la ciudad; la lleva
cuando sale al mar; la lleva cuando sube a la montaña»6.
La gran ciudad de Spengler toma el cuerpo del Leviatán devorador de
almas, impedidas ya por siempre de salvar sus fauces. No hay margen
aquí para el retorno al rural eterno,
el proceso es cíclico y, como un reloj, jamás retrocede. El
maximalismo determinista del alemán, imbuido de un cierto misticismo
profético, quizá sea su eslabón más débil y, desde luego, por
donde con más dureza ha sido atacado por la escuela cientifista de
la Historia7.
Su desafortunada muerte prematura le impidió apreciar, y quizá
incorporar a sus tesis, los diferentes movimientos contraculturales y
antiurbanos que hacia mediados de siglo agitaron las civilizadas
conciencias occidentales.
Discernir
si Occidente se encuentra en fase terminal de declive excede con
mucho nuestra capacidad, no obstante, sí parece que la
cuestión del auge y decadencia de culturas y civilizaciones debió
sentirse, con razón, como una cuestión acuciante en la turbulenta
primera mitad del siglo XX. Así lo valida el hecho de que junto con
Spengler ensayistas de la talla de Toynbee —o los menos conocidos
antropólogos americanos Kloeber, Coulburn o Gray— dedicaran
algunas de sus mejores páginas al estudio del decaimiento. La suya
fue una ingente labor que ha sido posteriormente comentada y ampliada
con profusión en círculos académicos. No nos detendremos en ello,
en cambio, nos centramos sólo en aquellos aspectos que, dentro de un
proceso general de declive, revelan la parte de culpa atribuible en
buena medida a los no pocos rigores que sobre la población ha
infringido el regio bastón civilizatorio y, muy particularmente, en
como ello afecta al modelo de centralidad urbana.
Podríamos
disertar extensamente sobre las muchas teorías de orden
climatológico, militar, dinástico o sociológico que abundan sobre
la crisis urbana de la civilización maya, o la desaparición súbita
de la capital del Imperio Hitita8,
entre otros. Nos resultan, sin embargo, más seductoras
investigaciones, como las de Joseph Tainter, pioneras en orientar el
problema, de manera científica, en términos de economía energética
y sostenibilidad. Su enfoque puede resumirse en pocas palabras: la
creciente complejidad intrínseca a toda expansión civilizatoria
supone, a su vez, un incremento en la carga social per
cápita9;
cuando la curva de «inversión personal»-«beneficio devuelto» se
desequilibra en detrimento del individuo, el peso de lo social puede
llegar a un punto en el que el mantenimiento de la complejidad se
vuelve insostenible. Es entonces cuando una estructura de convivencia
más simplificada se presenta ante los ojos de la población como una
solución no sólo posible, sino deseable. Reunidos todos los
ingredientes para un colapso generalizado, los acontecimientos se
precipitan a menudo catalizados por reveses externos o internos de
variado orden. Una nota común sobresale indefectiblemente en los
casos estudiados10,
las ciudades o bien se abandonan o se tornan pálido reflejo de su
esplendor. En contraste, como evidencia el análisis del declive
romano, el campo resiste mejor la embestida; de hecho, bajo el
gobierno bárbaro la calidad de vida de los a
priori superiores
vencidos mejora ostensiblemente11.
Es de notar que, contrariamente a la intuición, gran parte del
campesinado, exhausto por la carga imperial, acepte entre aliviado y
regocijado el advenimiento de la Völkerwanderung12.
Cierta
desazón nos asalta sabedores de vivir inmersos en la mayor
complejidad sociotécnica jamás ideada. De aceptar sus premisas la
cuestión se torna ineludible, en buena lógica, la sombra del
colapso debe ya planear sobre nuestras cabezas. Éste puede tomar
muchas formas, todas ellas plausibles, a juzgar por la deriva de los
acontecimientos: catástrofes ecológicas, agotamiento de recursos,
debacle económica por impago de deuda...; amenazas que azuzadas por
los mass
media
siembran el desasosiego en la población. El historiador advierte, la
curva inversión beneficio está ya en curso negativo en Occidente.
Pero se reserva una nota agridulce para el final, existe una
diferencia fundamental con el pasado: «el mundo de hoy está repleto
de sociedades complejas»13.
Las naciones se interconectan en bloques y éstos, a su vez, se
relacionan profusamente entre sí, no hay margen para un vacío de
poder clásico. Si una nación compleja se desintegra no tardará en
ser absorbida por sus vecinos más resistentes. La espiral de
competitividad entre los pueblos vuelve de hecho improbable, en un
plazo cercano, un hundimiento aislado por vía de la simplificación
social, de existir un colapso éste ya sólo puede ser global.
En
su planteamiento Tainter demuestra una perceptible inclinación hacia
la visión organicista del conglomerado social; perspectiva ésta
compartida con Spengler, —en menor medida—Toynbee y buena parte
de los estudiosos de la civilización. En ellos las fases vitales de
la existencia se traducen por homotecia en los escalones históricos
de las sociedades. Desconociendo, por interés narrativo, la
traducción de sus tesis en términos plenamente asumibles por el
discurso de la individualización. Sin embargo, con Ulrich Beck se
logra trasladar la cuestión de manera meridiana: «fenómenos de
crisis social, como, por ejemplo, el paro estructural, se pueden
convertir en un plus de riesgo sobre las espaldas de los individuos.
Los problemas sociales pueden convertirse directamente en estados
anímicos: en sentimientos de culpabilidad, ansiedades, conflictos y
neurosis»14.
El colapso que pronosticaron los estudiosos puede que se posponga,
hasta nuevo aviso, pero nada evita que colapsen a diario miles de
mundos autorreferenciales sin una triste necrológica en el gran
panel de la civilización.
Pero
en la épica de la individualización el fracaso no supone, en
absoluto, el fin. El abanico de trayectorias individuales de las
biografías post-colapso es amplio. Valga como un primer acercamiento
las actitudes sociales en primera persona recogidas por Toynbee en su
Estudio bajo
la piadosa noción de «cisma en el alma»15.
De entre todas las figuras allí recogidas descuella la del desertor,
traído aquí no bajo la luz peyorativa de la cobardía sino por la
de la conciencia «inspirada por un auténtico sentimiento de que la
causa a que sirve no es digna realmente del servicio que esta causa
exige»16.
El moderno, ya apremiado por la pesada carga de la existencia, ya
abatidas sus esperanzas, deserta dejando un testimonio de escapismo
palmario. Fiel a su inicial programa civilizatorio teocéntrico, un
vehemente Toynbee se reserva palabras poco amables hacia toda la
casta intelectual «desertora», culpables a su entender del traslado
del «edificio de nuestra Civilización Cristiana Occidental de una
base religiosa a una base secular»17.
Siglos de eficaz erosión «desertora» horadan el nombre mismo
escogido por Toynbee para el compacto euro-americano, que no es ya
sino un gigantesco contenedor vacuo; urge entonces repensar,
nuevamente, al moderno desertor.
1 SPENGLER, Oswald, La
decadencia de Occidente, Vol II, pág. 115.
2 Ibid. pág. 123.
3 Ibid. pág. 125.>CITA
4
Ibid. pág. 127.
5Ibid. pág. 127.
6Ibid. pág. 126.
7 TAINTER, Joseph, The
collapse of complex societies, pág. 83.
8 El
caso hitita resulta de especial interés en cuanto que se conocen
las amenazas externas que empujaron al colapso, aún pervive el
debate sobre el motivo último por el que la sólidamente amurallada
Hattusa fue abandonada tras haber sido incendiada, destino
compartido por otras ciudades hititas (Joseph Tainter, The
collapse of complex Societies,
pág.9). Estudios recientes apuntan a la posibilidad de un exilio
colectivo orquestado desde la casta dominante, que debió verse
sobrepasada por la inestabilidad interior del reino. Sea como fuere,
lo cierto es que donde floreció una potencia de la Antigüedad,
tras el súbito desplome del imperio, una cultura urbana
parangonable tardaría aún cientos de años en emerger. La acción
hitita, acaecida en plena Antigüedad, se postula como el primer y
más genuino manifiesto antiurbano en
masse,
así como una clara antítesis histórica del Völkerwanderung
que terminaría por precipitar el fin del mundo antiguo.
9 Ibid. pág. 92.
10 Tainter
pone a prueba su propia teoría con profusos análisis históricos
de muy dispares civilizaciones históricas (el Imperio Romano de
Occidente, la civilización maya y la chacoana del actual Nuevo
México), demostrando, pese a todo, la validez científica de sus
planteamientos.
11
Ibid. pág. 189.
12
Ibid. pág. 147.
13
Ibid. pág. 213.
14 BECK, Ulrich, BECK-GERNSHEIM, Elizabeth, La
individualización, pág. 73.
15 TOYNBEE, Arnold, El
Estudio de la Historia:Compendio, pág. 433.
16 Ibid. pág. 445.
17 Ibid. pág. 447.
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