viernes, 21 de diciembre de 2012

De insólita apocalítipca

La identidad spengleriana, civilización y gran ciudad, revela interesantes derivadas cuando —siguiendo su proposición— nos adentramos en la inexorable espiral de la decadencia. El triunfo de la ciudad, es el silencio de la aldea —«el campo calla y se desvía»1—. Y todo lo que de éste quedara, como poso arcaico en el interior del habitar urbano, se difuminará en el moderno proyecto doméstico hasta el completo desvanecimiento:

Las casas no son ya, como eran todavía las casas jónicas y barrocas, las descendientes de la vieja casa aldeana, célula primaria de la cultura. Ya ni siquiera son casas en donde Vesta y Jano, los penates y los lares tengan santuarios; son viviendas que ha creado, no la sangre, sino la finalidad, no el sentimiento, sino el espíritu del negocio. Mientras el hogar, en sentido piadoso, constituye el verdadero centro de una familia, es que aún sigue viva la última relación con el campo. Pero cuando esta relación se rompe, cuando la masa de los inquilinos y huéspedes surca ese mar de casas errando de refugio en refugio, como los cazadores y pastores de las épocas primitivas, entonces ya está perfectamente formado el tipo del nómada intelectual. La ciudad es mundo, es el mundo. Sólo como conjunto le sobreviene el sentido de la habitación humana. Las casas son los átomos que componen el cosmos.2

La definitiva merma en el poder afectivo de la vivienda urbana, desvinculada de la tierra, olvidada de lo telúrico, es para Spengler motivo capital de la condena determinista de la ciudad: «La rueda del destino ha de seguir corriendo hasta el término de la carrera. El nacimiento de la ciudad trae consigo su muerte. El principio y el fin, la casa aldeana y el bloque de viviendas, son uno a otro como el alma a la inteligencia, como la sangre a la piedra»3. La pérdida del «ritmo cósmico» con el suelo fértil, que el aldeano cultiva por generaciones, hace del urbano un ser de existencia desarraigada, y en última instancia, desinteresado por la procreación; la «infecundidad del hombre moderno»4, tal y como la propone Spengler, es signo idiosincrásico del ciudadano crepuscular. Más aún, en las fases finales de toda civilización, la no sustitución de la «sangre» desata un «desmonte por la cúspide», sólo mitigado por la llegada de pobladores rurales, que no harán sino posponer la aniquilación última. Sin llegar a suscribir las sombrías consecuencias de estas líneas —discutiblemente rebasadas por los acontecimientos—, sí reconocemos en el pronóstico del derrumbe de la fertilidad un indicador cuyas consecuencias reales sólo comenzamos a sentir. La «ciudad absoluta» resiste aún, los núcleos se vacían, es cierto, pero para poblar nutridas periferias negadoras de campo. En cambio, el arquetipo de la ruina pétrea no nos ha abandonado, se hace popular, nutrido de todo un género literario post-acopalíptico que, junto con sus adaptaciones dramáticas, desinhibe los impulsos destructivos y estimula la moderna «propensión metafísica a la muerte»5.


No cabe esperar de Spengler esperanzas para el futuro del modo de vida urbano occidental. El proceso es irreversible, el ciudadano no conoce el camino de retorno a la aldea: «La patria para él es la ciudad. En la aldea más próxima siéntese como en el extranjero. Prefiere morir sobre el asfalto de las calles a regresar al campo […] El hombre de la gran urbe lleva eternamente consigo la ciudad; la lleva cuando sale al mar; la lleva cuando sube a la montaña»6. La gran ciudad de Spengler toma el cuerpo del Leviatán devorador de almas, impedidas ya por siempre de salvar sus fauces. No hay margen aquí para el retorno al rural eterno, el proceso es cíclico y, como un reloj, jamás retrocede. El maximalismo determinista del alemán, imbuido de un cierto misticismo profético, quizá sea su eslabón más débil y, desde luego, por donde con más dureza ha sido atacado por la escuela cientifista de la Historia7. Su desafortunada muerte prematura le impidió apreciar, y quizá incorporar a sus tesis, los diferentes movimientos contraculturales y antiurbanos que hacia mediados de siglo agitaron las civilizadas conciencias occidentales.

Discernir si Occidente se encuentra en fase terminal de declive excede con mucho nuestra capacidad, no obstante, sí parece que la cuestión del auge y decadencia de culturas y civilizaciones debió sentirse, con razón, como una cuestión acuciante en la turbulenta primera mitad del siglo XX. Así lo valida el hecho de que junto con Spengler ensayistas de la talla de Toynbee —o los menos conocidos antropólogos americanos Kloeber, Coulburn o Gray— dedicaran algunas de sus mejores páginas al estudio del decaimiento. La suya fue una ingente labor que ha sido posteriormente comentada y ampliada con profusión en círculos académicos. No nos detendremos en ello, en cambio, nos centramos sólo en aquellos aspectos que, dentro de un proceso general de declive, revelan la parte de culpa atribuible en buena medida a los no pocos rigores que sobre la población ha infringido el regio bastón civilizatorio y, muy particularmente, en como ello afecta al modelo de centralidad urbana.

Podríamos disertar extensamente sobre las muchas teorías de orden climatológico, militar, dinástico o sociológico que abundan sobre la crisis urbana de la civilización maya, o la desaparición súbita de la capital del Imperio Hitita8, entre otros. Nos resultan, sin embargo, más seductoras investigaciones, como las de Joseph Tainter, pioneras en orientar el problema, de manera científica, en términos de economía energética y sostenibilidad. Su enfoque puede resumirse en pocas palabras: la creciente complejidad intrínseca a toda expansión civilizatoria supone, a su vez, un incremento en la carga social per cápita9; cuando la curva de «inversión personal»-«beneficio devuelto» se desequilibra en detrimento del individuo, el peso de lo social puede llegar a un punto en el que el mantenimiento de la complejidad se vuelve insostenible. Es entonces cuando una estructura de convivencia más simplificada se presenta ante los ojos de la población como una solución no sólo posible, sino deseable. Reunidos todos los ingredientes para un colapso generalizado, los acontecimientos se precipitan a menudo catalizados por reveses externos o internos de variado orden. Una nota común sobresale indefectiblemente en los casos estudiados10, las ciudades o bien se abandonan o se tornan pálido reflejo de su esplendor. En contraste, como evidencia el análisis del declive romano, el campo resiste mejor la embestida; de hecho, bajo el gobierno bárbaro la calidad de vida de los a priori superiores vencidos mejora ostensiblemente11. Es de notar que, contrariamente a la intuición, gran parte del campesinado, exhausto por la carga imperial, acepte entre aliviado y regocijado el advenimiento de la Völkerwanderung12.

Cierta desazón nos asalta sabedores de vivir inmersos en la mayor complejidad sociotécnica jamás ideada. De aceptar sus premisas la cuestión se torna ineludible, en buena lógica, la sombra del colapso debe ya planear sobre nuestras cabezas. Éste puede tomar muchas formas, todas ellas plausibles, a juzgar por la deriva de los acontecimientos: catástrofes ecológicas, agotamiento de recursos, debacle económica por impago de deuda...; amenazas que azuzadas por los mass media siembran el desasosiego en la población. El historiador advierte, la curva inversión beneficio está ya en curso negativo en Occidente. Pero se reserva una nota agridulce para el final, existe una diferencia fundamental con el pasado: «el mundo de hoy está repleto de sociedades complejas»13. Las naciones se interconectan en bloques y éstos, a su vez, se relacionan profusamente entre sí, no hay margen para un vacío de poder clásico. Si una nación compleja se desintegra no tardará en ser absorbida por sus vecinos más resistentes. La espiral de competitividad entre los pueblos vuelve de hecho improbable, en un plazo cercano, un hundimiento aislado por vía de la simplificación social, de existir un colapso éste ya sólo puede ser global.

En su planteamiento Tainter demuestra una perceptible inclinación hacia la visión organicista del conglomerado social; perspectiva ésta compartida con Spengler, —en menor medida—Toynbee y buena parte de los estudiosos de la civilización. En ellos las fases vitales de la existencia se traducen por homotecia en los escalones históricos de las sociedades. Desconociendo, por interés narrativo, la traducción de sus tesis en términos plenamente asumibles por el discurso de la individualización. Sin embargo, con Ulrich Beck se logra trasladar la cuestión de manera meridiana: «fenómenos de crisis social, como, por ejemplo, el paro estructural, se pueden convertir en un plus de riesgo sobre las espaldas de los individuos. Los problemas sociales pueden convertirse directamente en estados anímicos: en sentimientos de culpabilidad, ansiedades, conflictos y neurosis»14. El colapso que pronosticaron los estudiosos puede que se posponga, hasta nuevo aviso, pero nada evita que colapsen a diario miles de mundos autorreferenciales sin una triste necrológica en el gran panel de la civilización.

Pero en la épica de la individualización el fracaso no supone, en absoluto, el fin. El abanico de trayectorias individuales de las biografías post-colapso es amplio. Valga como un primer acercamiento las actitudes sociales en primera persona recogidas por Toynbee en su Estudio bajo la piadosa noción de «cisma en el alma»15. De entre todas las figuras allí recogidas descuella la del desertor, traído aquí no bajo la luz peyorativa de la cobardía sino por la de la conciencia «inspirada por un auténtico sentimiento de que la causa a que sirve no es digna realmente del servicio que esta causa exige»16. El moderno, ya apremiado por la pesada carga de la existencia, ya abatidas sus esperanzas, deserta dejando un testimonio de escapismo palmario. Fiel a su inicial programa civilizatorio teocéntrico, un vehemente Toynbee se reserva palabras poco amables hacia toda la casta intelectual «desertora», culpables a su entender del traslado del «edificio de nuestra Civilización Cristiana Occidental de una base religiosa a una base secular»17. Siglos de eficaz erosión «desertora» horadan el nombre mismo escogido por Toynbee para el compacto euro-americano, que no es ya sino un gigantesco contenedor vacuo; urge entonces repensar, nuevamente, al moderno desertor. 
 
1 SPENGLER, Oswald, La decadencia de Occidente, Vol II, pág. 115.
2 Ibid. pág. 123.
3 Ibid. pág. 125.>CITA
4 Ibid. pág. 127.
5Ibid. pág. 127.
6Ibid. pág. 126.
7 TAINTER, Joseph, The collapse of complex societies, pág. 83.
8 El caso hitita resulta de especial interés en cuanto que se conocen las amenazas externas que empujaron al colapso, aún pervive el debate sobre el motivo último por el que la sólidamente amurallada Hattusa fue abandonada tras haber sido incendiada, destino compartido por otras ciudades hititas (Joseph Tainter, The collapse of complex Societies, pág.9). Estudios recientes apuntan a la posibilidad de un exilio colectivo orquestado desde la casta dominante, que debió verse sobrepasada por la inestabilidad interior del reino. Sea como fuere, lo cierto es que donde floreció una potencia de la Antigüedad, tras el súbito desplome del imperio, una cultura urbana parangonable tardaría aún cientos de años en emerger. La acción hitita, acaecida en plena Antigüedad, se postula como el primer y más genuino manifiesto antiurbano en masse, así como una clara antítesis histórica del Völkerwanderung que terminaría por precipitar el fin del mundo antiguo.
9 Ibid. pág. 92.
10 Tainter pone a prueba su propia teoría con profusos análisis históricos de muy dispares civilizaciones históricas (el Imperio Romano de Occidente, la civilización maya y la chacoana del actual Nuevo México), demostrando, pese a todo, la validez científica de sus planteamientos.
11 Ibid. pág. 189.
12 Ibid. pág. 147.
13 Ibid. pág. 213.
14 BECK, Ulrich, BECK-GERNSHEIM, Elizabeth, La individualización, pág. 73.
15 TOYNBEE, Arnold, El Estudio de la Historia:Compendio, pág. 433.
16 Ibid. pág. 445.
17 Ibid. pág. 447.

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