viernes, 7 de agosto de 2009

La esférica trilogía - Sloterdina en vena

No caeré en la pretensión de decir que he terminado la lectura de la trilogía Esferas de Peter Sloterdijk, porque si por algo me ha resultado provechoso el (mucho, prefiero no pararme a pensar cuánto) tiempo empleado a estos libros es por haberme permitido elevar a cotas de auténtico virtuoso mis habilidades para la lectura en diagonal.

Podría aquí hacer una breve reseña, o un extenso comentario sobre lo que he leído, pero no creo que ni de lejos alcance la preclaridad y perfección sintética que podréis encontrar en la contraportada de Esferas III. Pero no es sólo mérito del diseñador de la edición para Siruela, una editorial especializada en textos filosóficos, sino más bien del propio Sloterdijk. Y digo bien, si algo he podido extraer de su lectura es que sus libros están sólidamente armados, es decir, tienen una estructura claramente identificable y que se puede resumir y explicar en muy pocas palabras, lo que lo hace perfectamente accesible a un profano en la materia.


¿Cómo se explican pues las más de 2000 páginas de texto? Muy sencillo, Sloterdijk es un maestro de la disertación, de la extensión de un argumento ad infinitum. Un buen ejemplo de ello podemos encontrarlo en el capítulo 5 de Esferas I, El acompañante originario. Réquiem por un órgano desechado. Quien haya seguido mínimamente su obra sabrá de inmediato que el órgano al que el autor hace referencia no es otro que la placenta. Sin embargo debió parecerle algo demasiado prosaico o impropio, de modo que en un incomparable ejercicio de estiramiento es capaz de evitar su nombre durante decenas de páginas con todo tipo de circunloquios, hasta que finalmente se decide, como si de romper un encantamiento se tratara, a pronunciar su nombre. Por otra parte el increíble volumen quedaría en bastante mermado si tomáramos de él los extensos trazados genealógicos con los que obsequia al lector. Sloterdijk no tiene reparo alguno en verter ríos de tinta para explicar la trayectoria de un concepto o proceso. Esto puede resultar exasperante cuando ya es sabido o indeseado, pero si resulta que es precisamente lo que buscabas, entonces has dado con un auténtico filón.

Finalmente he comprendido por qué se le tiene como uno de los pensadores más singulares y extravagantes del momento. En su narración, si se me permite la palabra, encontraremos abundantes referencias a la tradición religiosa, algo que yo, oh profano, pensaba ya desterrado de los conciliábulos filosóficos contemporáneos; así como incursiones en múltiples campos, entre ellos la arquitectura, lo cual explicaría su popularidad en este mundillo (recordemos la reciente conferencia en la Harvard Graduate School of Design alalimón con Bruno Latour), pues no es ningún secreto que a los arquitectos se les cae literalmente la baba cuando algún filósofo de renombre escribe sobre ellos. Pero definitivamente son las abundantes referencias literarias las que le singularizan frente otros autores, y más aún, su propia producción literaria. El autor abre los dos primeros volúmenes recreando para nosotros dos escenas cargadas de significados; en primer lugar se trata de un niño creando pompas de jabón, en el siguiente tomo son filósofos discutiendo en torno a un globo. El lector podría quedar sorprendido al comprobar que no hay ninguna escena introductoria en la tercera entrega, porque en esta ocasión será conclusoria. Pero tranquilos no voy a soltar más spoilers.

No hay comentarios: